Historia de una vida rescatada

Tal día como hoy, 18 de mayo, de hace 11 años llegó a mi vida un ser que me salvó. Esta es la historia de su rescate.

Nací en algún lugar de Ciudad Real, en una finca de campo. Mi vida era normal; de pequeño jugaba con mis hermanos y mi madre nos protegía. De vez en cuando venían los humanos a mi finca a echarnos de comer y a pasar el fin de semana. Uno de esos días, cuando yo tenía tan sólo cuatro meses, vinieron con alguien más. Ese alguien tenía el pelo blanco y se movía con cierta lentitud y quizá con algo de dificultad. Aún así, en mi afán por caer bien a esos seres que me echaban de comer y de vez en cuando me acariciaban y jugaban conmigo, me acerqué a saludar a la nueva visita. Yo sólo le quise dar unos besitos, pero al ponerme a su altura se cayó. Desde ese día ya nada fue igual. Mi gran tamaño tampoco ayudó.

Pocos días después me montaron en una caja con ruedas, creo que lo llaman coche. Creí que nos íbamos de vacaciones. Al poco tiempo llegamos a un lugar con muchos más perros. También había gatos. No tenía mala pinta, pero algo no me terminaba de convencer. Allí estuvieron hablando con alguien a quien yo no conocía, pero resultó ser simpática. Estuvo jugando un rato conmigo y, cuando me di cuenta, mis humanos se habían ido sin mí. Esperé sentado unos días a que se dieran cuenta de que faltaba yo, pero se ve que no me echaron de menos lo suficiente. Allí estuve cuatro meses más. El sitio aquel cada vez me gustaba menos. Algunos perros me mordían cuando salía a pasear fuera de mi jaula. Mis compañeros eran más mayores que yo y me trataban de forma cordial. Yo intentaba jugar con los otros perros, pero ellos no querían.

Tras cuatro meses allí, un día apareció un humano que se paró delante de mi jaula. Me miró y me preguntó: “¿Y tú qué?” Enseguida me pareció que necesitaba compañía, así que me acerqué, me puse a su altura y le di un par de lametones. Le debió gustar, porque quería sacarme de mi jaula. Yo me moría de miedo, así que él no se lo pensó y me cogió en brazos. De aquel momento recuerdo estar subido en su cabeza, muerto de miedo por todos los perros que había a sus pies intentando morderme y sin saber qué iba a ser de mí. Cuando salimos de allí volvió la pesadilla: otra vez un coche, un viaje corto… Pero esta vez fue distinto.

Me llevó a un sitio donde me pincharon detrás de la oreja y en el lomo. Yo no me quejé, no estaba la cosa para ello. Después me llevó a comprarme un collar, una correa, comida, comederos y no se cuántas cosas más. Todo un dispendio para alguien como yo. Una vez hechos todos los recados llegamos a un sitio que yo no había visto nunca. Él me dijo al entrar: “Bruno, bienvenido a casa”. Yo no sabía quién era Bruno (yo me llamaba Byron), pero no me sonó mal. Debía ser alguien muy especial, desde luego. Desde entonces él se refirió a mí con ese nombre, y yo me acostumbré a que lo hiciera.

El caso es que, desde ese día, rescaté su vida. Aprovechando que yo tenía que hacer mis “cositas”, él me llevaba al parque. Mientras yo jugaba con Yimbo, Angie y demás familia, él hablaba con sus iguales, salía, conocía gente… Y de esto hace ya once años. Sólo espero que sean muchos más, porque aunque yo rescaté su vida, él me sacó de aquel lugar tan feo.


Borja Martínez

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