¿Sabías que existe un perro “santo” y que era un galgo?

San Guinefort

Era un lebrel o galgo, propiedad del señor de Thoire et Villars de la región de Auvernia-Ródano-Alpes en Francia.

Un día el caballero salió de cacería y dejó a Guinefort al cuidado de su hijo, que descansaba en su cuna. Al volver encontró la cuna volcada y al can con la boca llena de sangre y supuso que éste  había matado a su hijo. Inmediatamente asestó una puñalada al animal. De pronto escuchó un llanto procedente de debajo de la cuna. Su hijo estaba vivo y a su lado yacía una víbora muerta. Guinefort había salvado a su hijo.

Consternados y horrorizados por el error, el caballero y su mujer decidieron enterrar a Guinefort de la forma más digna posible, rellenando el pozo que habían cavado y donde lo había puesto, cubriéndolo con piedras y plantando varios árboles y flores a su alrededor, de manera que constituyó un auténtico santuario.

Enterados del incidente, los lugareños empezaron a acudir a la tumba para honrar al perro como un mártir, ya que lo consideraban como un protector de la infancia.

Los aldeanos de aquella época solían rezar  al perro diciendo “San Guinefort, protégenos de los idiotas y las serpientes malvadas”. A San Guinefort se le adjudicaron algunos milagros  y su tumba se convirtió en un lugar de peregrinación durante siglos, desde la Edad Media hasta bien entrados en el siglo XIX, pero nunca contó con el beneplácito o simpatía De la Iglesia Católica en Roma, porque era un perro y según la Iglesia no tienen alma inmortal como las personas.

La historia fue recogida y narrada en el año 1250 por Esteban de Borbón, un inquisidor dominico que gozaba de cierto prestigio en su época.

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